viernes, julio 06, 2007

Ese sobre no es mío

Ese sobre no es mío.

 

Dos policías la estaban esperando a la salida del avión. La foto en la mano derecha de cada uno de ellos era lo único que tenían para identificarla.

 

Fue casi la última en descender, vestía una falda larga de charly con colores variados, una blusa negra casi transparente y un abrigo ligero de color marrón para cubrirse del frío veraniego del mediodía de La Paz.

 

- "Usted es Claudia de las Mercedes Rodríguez"- le preguntó uno de los policías.

 

- "Si"- respondió sorprendida, mientras sus ojos que por su tamaño la delataban en cualquier parte se agrandaron aún más ante tanta exactitud.

 

- "Debe acompañarnos"- fue la respuesta del oficial.

 

- "¿Adónde me llevan, qué está pasando?"- exclamó Claudia.

 

- "Le explicaremos tan pronto lleguemos al cuartel"- fue todo lo que dijo el otro policía. La tomaron de un brazo, con delicadeza la subieron a un auto que esperaba en la pista al lado del avión y partieron hacia un cuartel policial ubicado en la zona de El Alto, región de más de 3 500 metros sobre el nivel del mar, caracterizada por su frío permanente.

 

Una vez en el cuartel, la ubicaron en una sala oscura donde había una mesa fija al piso y dos sillas. El frío del local donde el sol rara vez era huésped, unido a los olores dejados por otros detenidos que pasaron por el mismo lugar y la duda constante de por qué estaba allí hicieron de Claudia un manojo de nervios. Se levantaba de una silla y se sentaba en otra, recorría la habitación, miraba por las rendijas de la puerta y gritaba para que alguien la escuchara.

 

Su negra cabellera se perdía en la oscuridad de la sala, sus ojos negros estaban enrojecidos y su rostro de por sí bello comenzaba a estrujarse como los papeles viejos. Dos horas pasó en aquella terrible agonía, hasta que se abrió la puerta y con ella vino la luz y un hombre vestido de civil.

 

Se sentó delante de ella y comenzó a preguntarle nombre, dirección, y otras tantas cosas que le parecieron tonterías. Hasta que después de unos diez minutos y una hoja llena con la letra diminuta del interrogador, el hombre sacó del bolsillo interior de su abrigo un sobre de carta donde había un nombre escrito con mano apurada de mujer.

 

- "¿Lo conoce?"- le preguntó el hombre.

 

Ella lo miró a él confundida, después miró el sobre, se detuvo en el nombre escrito y pareció de pronto recordar.

 

-"¡ Encontraron mi cartera, un muchacho me la arrebató en el aeropuerto de Cochabamba!"- fue su respuesta.

 

El hombre volvió a repetir la misma pregunta y ella abriendo sus ojos hasta lo más que pudo, dijo:

 

- "Me lo entregó una amiga para su novio en Cochabamba, lo fue a recoger al aeropuerto pero cuando le dije que me habían robado la cartera con su sobre se marchó y no lo vi mas"- respondió con un tono de voz confuso.

 

- "Contiene cocaína"- le dijo el hombre.

 

- "¿ Cómo?" - y se quedó muda, sus ojos parecían dos grandes lunas llenas de color negro, su boca se abrió hasta el máximo y su mirada quedó petrificada, no podía decir nada más, un nudo no solo se le hizo en la garganta, sino que recorrió todo el cuerpo atenazándola, anudándola hasta casi impedirle la respiración. No escuchó la nueva pregunta de él, ni siquiera advirtió el rayo de luz solar que se filtró por la puerta cuando ésta se abrió y entraron dos mujeres uniformadas.

 

- "Explíqueme cómo obtuvo éste sobre, quién o quiénes se lo vendieron y todo lo que pueda ayudarla"- le volvió a preguntar el hombre. Pero ella seguía muda, hasta que las otras dos mujeres se pararon a su lado con la intención de conducirla fuera de aquella sala.

 

- "No sé, no puedo entender nada, quiero ver a un abogado"- fue su respuesta.

 

- "Respóndame la pregunta y ya tendrá los abogados que quiera"- le volvió a decir el interrogador.

 

Miró a su alrededor, una de las mujeres la tenía tomada de un brazo y aumentaba lentamente su presión, el hombre la observaba  fijamente, mientras la otra guardiana un poco más atrás esperaba cualquier ataque desesperado de ella. El brazo le empezaba a doler y con gesto brusco logró librarse de la mano, pero la guardiana la tomó del pelo y en el forcejeo empezó a llorar. 

 

Nadie se compadeció de su llanto, el hombre acostumbrado a estas escenas encendió un cigarrillo, mientras las dos mujeres guardianas se sentaron en otras sillas que trajeron para el efecto. Sabían que podría demorar más el interrogatorio, pero confesaría su culpa, muchas lo había hecho. Pasaron tres minutos que parecieron un siglo para Claudia, nadie hablaba y el humo del cigarrillo se expandió por toda la habitación y con él un olor desagradable.


Claudia con los ojos grandes, llenos de lágrimas, empezó diciendo que no entendía nada, que el sobre se lo dio su amiga Ximena para que se lo entregara a un hombre que es su enamorado, pero que había viajado a Cochabamba por asuntos de negocios. Dio el número de teléfono de su amiga y la dirección y se consoló a sí misma diciendo que ella sólo cumplió el encargo pero que no conocía el contenido del sobre. Por último pidió ir al baño, pues se había dado cuenta que el olor que sentía ya no era del cigarro, sino de ella misma.

 

La llevaron a una celda donde apenas pudo limpiar parte de su propia suciedad y se echó entre mil olores y un gran frío sobre una cama cubierta de viejos periódicos. Se quedó dormida y despertó cuando sintió una fuerte presión sobre su mano derecha. Entonces vio que otras mujeres se habían apoderado de la celda, y una de ellas le arrebataba la pulsera dorada que brillaba con fuerza en la pobre oscuridad, mientras otra le quitaba el anillo de compromiso que le habían regalado dos meses atrás.

 

Soportó todo lo que le hicieron, encogida sobre la cabecera de la cama, lloró hasta que se le secaron las lágrimas, y de pronto cuando la mayor de las mujeres la tocaba de un modo que ofendía su dignidad le lanzó una patada a la cara que le fracturó la nariz, las otras mujeres se le lanzaron encima y la golpearon hasta que tres guardias lograron sacarla de allí. La llevaron a otra celda más oscura que la anterior y más fría, cayó de bruces sobre el piso congelado y allí quedó tendida, la sangre le corría por la cara, su ropa rota dejaba ver partes de su cuerpo amoratado.

 

A las cuarenta y ocho horas de estar arrestada la sacaron de la celda, ya no era la misma Claudia que había descendido del avión, había enflaquecido, el brillo de sus ojos se desvaneció, su hablar era lento, confuso. Casi no podía sostenerse y la llevaron entre dos guardianes que se aprovecharon para tocarla en todas partes, hasta que llegaron al lugar del primer interrogatorio.

 

El mismo hombre y las mismas dos mujeres de la primera vez la esperaban en la misma habitación. La sentaron en la misma silla y el hombre comenzó a dibujar una sonrisa a medida que Claudia lo miraba.

 

- "Tu amiga dice que no te dio ningún sobre, además, no tiene ningún enamorado en Cochabamba"- fue lo que dijo el hombre.

 

Se le vino abajo todo, sintió un profundo vacío en su interior, el frío del local se le hizo mas frío a medida que no podía controlar su vejiga, palideció y las guardianas se acercaron pues pensaron que se desmayaba.

 

Sin embargo, sacó fuerzas de su inocencia, se levantó, grito, encomendó a los mil infiernos a su amiga, a los que la habían confundido, gritaba que era inocente, que solo llevó el sobre, que le habían robado la cartera, que era una conspiración, que no sabía que le había pasado, gritó tanto que despertó a las reclusas de otras celdas. Los mismos guardias la volvieron a llevar, pero ahora cuando uno de ellos trató de tocarla en lo más profundo de su ser se reveló, los golpeó, y ellos la apretaron más hasta que la dejaron caer nuevamente en su celda fría y huérfana de toda mínima comodidad.

 

Aprendió a comer la comida que le daban, tomaba del agua sucia que salía por una pila en mal estado. Estuvo así seis días, incomunicada, no podía avisar a nadie, solo conocía a esta amiga y a su novio Felipe con el que esperaba casarse, pero no quería comprometerlo, pues no entendía qué era lo que sucedía.

 

Conocí a los dos en La Habana; un domingo viajaba en bicicleta con mi hijo pequeño, cuando al tomar el Malecón, la avenida que bordea el mar, un vehículo alquilado me pasó tan cerca que me hizo perder el equilibrio y caí con mi hijo a la acera. No hubo consecuencias mayores que el susto por tal imprudencia, pero el conductor del coche - Felipe - y su acompañante - Claudia de las Mercedes- detuvo el mismo y se bajaron para ver lo que me había ocurrido.

 

- "Disculpe- me dijo Felipe- fue una imprudencia mía".

 

- "Veníamos contemplando el mar y él no se dio cuenta de su presencia"- agregó Claudia.

 

- "Está bien, no se preocupen, todos los días sale a la calle alguna persona que le han regalado la licencia de conducción"- le respondí pasando mi enojo.

 

Vestían como aquellos de las zonas frías que al llegar al trópico quieren perder todo la frialdad que llevan por dentro. Bermudas multicolores, camisetas con números y letras, gorras de jugadores de béisbol y chancletas de goma de las en que el dedo pulgar y su compañero siempre quedan atrapados.

 

Nos pusimos a charlar durante un rato, y la conversación se volvió más entretenida cuando conocieron de mis visitas a La Paz. Mi hijo rojo por el sol y con más ganas de acabar su sed que de escucharnos puso punto final a la conversación, advirtiéndome que un rato más al sol las piedras del Malecón se reventarían en mil pedazos como siempre le decía su abuela.

 

En los días que aún permanecieron en La Habana nos vimos un par de veces más, hasta que en un viaje a Bolivia me encontré a Felipe en el Prado de La Paz. Tomaba una gaseosa en una cafetería al aire libre en la acera de un hotel. Vestía esta vez no la ropa veraniega con la que lo conocí, sino un traje cruzado de color entero, corbata y camisa del mismo color que hacían recordar el mar caribeño en sus diversas tonalidades del azul.

 

Nos saludamos como lo hacen dos amigos que no se ven desde hace muchos años. Mi primera impresión fue la de reírme de su vestimenta tan contrastante con la que lo conocí en La Habana, y él comprendiendo el sentido de mi humor se rió a la par.


- "¿ Qué es de la vida de Claudia?"- le pregunté después de los recuerdos de aquellos días y de las preguntas de rigor sobre la familia y mi trabajo.

 

- "No sé de ella"- me respondió sin ganas, bajando la mirada y encontré en el tono de su voz una amargura muy grande- hace dos semanas que viajó a Cochabamba y no me ha llamado.

 

- "¿ Le sucedió algo?"- le pregunté ahora preocupado por ella.

 

- "Encontré el teléfono de una amiga donde debía quedarse en Cochabamba y me dijo que estuvo allí, pero que se marchó al aeropuerto, investigué y sé que llegó a La Paz. Llamé a Ximena, su mejor amiga aquí en La Paz y me dio a entender que tal vez estuviera con otro hombre; la muy puta y yo que le había regalado un anillo de compromiso".

 

- "Me pareció en La Habana que ustedes se llevaban tan bien, que estaban hechos el uno para el otro"- le dije tratando de consolar a mi amigo, pero realmente no sabía qué podía decir en esta situación.

 

Los dos se conocieron en Bolivia, último país que les dio refugio, él era peruano y ella chilena, ambos refugiados políticos. Habían recorrido sin conocerse las mismas ciudades, pasaron por Río de Janeiro, Caracas, Ciudad de México y por último La Paz donde vivían desde hacía dos años. Se conocieron en una fiesta de amigos latinoamericanos y se gustaron de inmediato, fue de eso que llaman amor a primera vista.

 

Una semana después de haberse conocido él le dijo que quería tomarse unas vacaciones y ella le propuso que la invitara. Trato hecho y se fueron justamente a Cuba, donde los conocí. Allí como me dijo Claudia en el aeropuerto, antes de salir de La Habana, habían experimentado su pequeña luna de miel.

 

Le pedí a Felipe que insistiera, que la buscara en otros sitios, que fuera a la policía a los hospitales, pero me contuvo diciéndome: - "Un mes después que regresamos de La Habana, cuando todavía vivía en casa de su amiga Ximena, quedamos en que por la noche pasaría a recogerla pues unos amigos nos habían invitado a cenar y querían conocerla. Cuando llegué a su casa Ximena me dijo que Claudia se había marchado a Cochabamba y se extrañó de cómo yo no lo sabía sí desde la anterior semana, según me dijo, tenía su boleto y ropa preparada"-.

 

- "Esperé a que regresara- continuó Felipe- y una semana después llegó como sí todo hubiera sido una travesura infantil. Otras veces me quedé esperándola para salir a alguna parte y ella me respondía al día siguiente que no habíamos acordado nada y que prefirió reunirse con sus amigas".


Felipe me comentó que durante la primera semana de su última ausencia las noches se hicieron más frías, esperó varias horas frente al apartamento que había alquilado después de salir de casa de Ximena y nunca la vio llegar, fue a los lugares que frecuentaba y preguntó por ella, pero nadie la había visto. Por último convencido que había preferido a otro y que no tenía la valentía para decírselo trató de borrarla de su pensamiento.

 

Comenzó a salir con una muchacha de su oficina, estuvo con ella en los lugares donde Claudia y él se habían besado, donde aun permanecían sus ojos, sabía que le sería difícil olvidarla, pero lo estaba logrando.

 

Dos meses después de haber visto a Felipe, y a punto de regresar a Cuba, mientras envolvía unos zapatos con un periódico viejo me llamó la atención una foto y un nombre. Era la fotografía de Claudia y la nota explicaba de su arresto por tráfico de drogas. Llamé a la oficina de Felipe y me contestó una joven secretaria explicándome que ya no trabajaba allí, pues había regresado a Perú. Le pregunté si conocía su dirección pero nadie la sabía, se marchó triste fue lo único que me supieron decir, y desde aquel tiempo nunca más los volví a ver.

 

Carlos Bravo Reyes 

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